
Calvin dice: discover Japan!
A principios de la década de los 70, se organizó en el archipiélago nipón una ambiciosa campaña publicitaria para fomentar el mercado turístico. Parece que en los hermosos anuncios, sobre fondos delicados y suaves, adornados con los paisajes y monumentos más bellos, rezaba, en letras hermosotas y blancas, la leyenda: Discover Japan. Luego, en letras negras, junto con el nombre del lugar correspondiente, se podía leer: Nippon no furusato (ciudad natal de Japón).
Leí hace unas semanas el artículo de David de Ugarte sobre i-mode, y encontré muy interesante la idea que allí defendía, según la cual esta tecnología podría ser la solución para la brecha que divide a las generaciones españolas. Pero, ay memoria traidora, también pensé en el lema de aquella campaña. No es un recuerdo trivial, si entendemos que el contexto en el que se crean las tecnologías no es un mero accidente.
Pensemos, por ejemplo, en la evolución de la imprenta en sus orígenes. La primera prensa para imprimir se inventa en Europa, probablemente por Gutenberg (ciudadano de la, después, supercatólica Maguncia). Su difusión parece haber sido considerablemente rápida, debido a la diáspora de los impresores alemanes. Se suele dar una cifra aproximada de 250 lugares europeos en los que, hacia 1500, ya se había establecido. Sin embargo, su evolución en los mundos cristiano ortodoxo y musulmán fue lenta, y siempre tuvo que vencer fuertes resistencias.
No quiero ir a parar a un paralelismo estricto, porque las causas que condujeron a esa penetración lenta fueron, fundamentalmente, ideológicas (podría decirse, cum granu salis, que los turcos de entonces eran la Cuba de hoy, con sus filtros en internet). El i-mode puede que cuente con dichas resistencias, pero no son las que me interesan ahora.
Quiero decir, sencillamente, que detrás de cada tecnología hay siempre, por expresarlo clásicamente, una concepción del mundo, más o menos definida. Es decir, que detrás de i-mode hay todo un mundo desconocido para la mayoría de nosotros, aunque muchos hayamos llegado a vislumbrar por dónde van los tiros por medio del cine y los comics. El único modo de medir la verdad de aquella entusiasta afirmación de David de Ugarte es descubrir ese mundo. Ese descubrimiento, además, nos permitiría conocer su alcance como ingeniería social, es decir, como operador de cambios. Para los que piensan en clave empresarial, es, encima, el único modo efectivo de sacarle el mayor provecho a un invento que, con independencia de su papel político y respecto de internet, resultará económicamente muy rentable. ¿Se puede pedir más? :)
