áspero mundo
Hoy no me sale la vena analítica. Hoy me deslizo, sin querer, hacia la literatura; el terreno natural del pensamiento hispánico. La literatura es la manifestación más genuina de que el mundo duele; y hoy el mundo me duele como una herida abierta sangrando a borbotones. No obstante, me llegan los rumores; los incansables teóricos se afanan en la dialéctica, y quieren comprender con nuevas o viejas herramientas. El GEES discute las pruebas; pone sobre la mesa las hipótesis y baraja escenarios geopolíticos verosímiles. Nuestro batallador filósofo Gustavo Bueno organiza sus tropas para llamar, una vez más, a la puerta de la Constitución y pedir su reforma inmediata. Los periódicos, las televisiones y las radios están llenos de contertulios, políticos y analistas, mientras las calles se llenan de millares de nosotros, necesitados de contacto físico y convicciones políticas; deambulando como piezas desajustadas en estas partitocracias que presumen de democracias a la última. El infatigable David de Ugarte vuelve a llamar la atención sobre la enredadera como condición de posibilidad de todo este nuestro mundo naciente. Pide nuevas ideas para un nuevo mundo.
Hoy no puedo. Me viene a la cabeza el primer poemario de Ángel González -que da título a esta columna-, y los versos de su desesperanzado y filosófico Nada es lo mismo
La lágrima fue dicha.
Olvidemos
el llanto
y empecemos de nuevo,
con paciencia,
observando las cosas,
hasta hallar la menuda diferencia
que las separa
de su entidad de ayer
y que define
el transcurso del tiempo y su eficacia.
¿A qué llorar por el caído
fruto,
por el fracaso
de ese deseo hondo,
compacto como un grano de simiente?
No es bueno repetir lo que está dicho.
Después de haber hablado,
de haber vertido lágrimas,
silencio y sonreíd:
nada es lo mismo.
Habrá palabras nuevas para la nueva historia
y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde
