Calvin y el tiempo a propósito del nuevo "1,2,3" y de "El País"
Una de las características estructurales de Internet que más ánimos ha conquistado para sí -entre ellos, los indomables espíritus ciberpunk-, ha sido su simetría. Ésta se apoya en un principio arquitectónico de horizontalidad, según el cual no hay acceso privilegiado a la red. Con unos requisitos mínimos -terminal y conexión, con independencia de los dispositivos en los que se materialicen esas dos condiciones-, cualquiera puede actuar en el ciberespacio, y elaborar en él dominios de influencia, imaginarios y mitos. Tres operaciones que tradicionalmente han pertenecido bien a gerontocracias, bien al Estado, bien a empresas, y que en sus grados más evolucionados conocemos en forma de medios de prensa, medios radiofónicos y medios televisivos. Los tres se apoyan en arquitecturas de tipo embudo, donde el coste de las tecnologías y su control ideológico generan un monopolio, y, por lo tanto, una estructura genuinamente asimétrica. Y ésto con indepedencia de que quepan figuras alternativas, al modo, por ejemplo, de los radioaficionados.
Estas ideas básicas, así como sus numerosas consecuencias prácticas y teóricas, no les son familiares, sin embargo, a nuestros constructores de espectáculos ni a nuestras élites intelectuales.
Chicho Ibáñez Serrador ha pensado su nuevo "1,2,3... a leer esta vez" como una evolución del anterior. Ha querido, si se me permite glosar brevemente lo que él mismo ha dicho, hacer un programa acorde con la Sociedad de la Información. Por eso, la base del programa son los libros: cada semana una obra literaria distinta es el marco en el que se mueven las preguntas, los personajes, los números musicales y los humoristas. Esa es la forma de la idea. Su contenido es: "Drácula", "Las mil y una noches", "Sandokán", etc. Al mismo tiempo, "El País" está sacando otra colección literaria más, donde se reúnen las "mejores novelas de acción y de aventuras" por apenas un euro el volumen. La lista de títulos va en la línea de la del "1,2,3": "La isla del tesoro", "El viaje al mundo en 80 días", etc. Novelas que ya es fácil ver en el metro, en las oficinas y en las aulas universitarias.
Espontáneamente, se me hace inevitable la siguiente cuestión: si es cierto que quieren reflejar la nueva época de la información, por qué escogen el universo literario -con él, por tanto, el espíritu de la época, pero descontextualizado- de hace un siglo. Dicho negativamente, por qué no están ahí Philip K. Dick, Stephenson, Sterling, etc., que son los que nos ofrecen en sus novelas mapas para los nuevos territorios del ciberespacio.
Podemos mirar el asunto sin mucha complicación, y pensar sencillamente que todo es debido a una falta de cultura: literaria, histórica, filosófica. No obstante, podemos también interpretarlo, echando mano de las ideas que he comentado al principio, como la consecuencia natural de la supervivencia de todas esas estructuras de embudo -con independencia de que lo s sujetos sean conscientes de sus estrategias tecnófobas-. De acuerdo con esta interpretación, su misma naturaleza las condena al pasado -sin poder desbordarlo-, y, por la misma razón, reserva el futuro al ciberpunk.
